Sliver, el canal del consorcio y demás perversiones

Published on julio 26th, 2013

Esa película, Sliver. Sharon Stone en la cumbre, uno o dos años después de Bajos instintos y uno de los Baldwins fracasados pugnando por ser EL Baldwin (cuatro Baldwins es demasiado para este mundo).

Al final de la película Carly (Sharon Stone) agarra un control remoto, apunta hacia el Baldwin de ocasión y con mirada forzadamente intensa tira “Get a life”, algo así como “Flaco, conseguite una vida”. Y corte a negro. Fin.

sliver_1Boludos con guita

Curioso devenir el de Sliver. No es que el libro de Ira Levin sea un imprescindible, pero sin dudas la película habría mejorado notablemente si hubieran conseguido a Polanski, quien ya había dirigido la obra maestra Rosemary’s baby (también de Ira Levin) pero quien ya tenía la frontera cerrada. La película venía mal parida. Sharon Stone y William Baldwin directamente no se soportaban. Después de seis finales alternativos quedó lo que vemos, un bodrio con intenciones de thriller erótico con un final reescrito por un productor desesperado. Muy alejada del final de la novela de Ira Levin, Sliver es dolorosa fundamentalmente por esas líneas finales: porque intenta aleccionar.

Fue apenas unos años más tarde del estreno de Sliver cuando explotó en la cara de todos la cuestión de los realities, YouTube, YouPorn y toda la narrativa del yo pajero en blogs y demás social networks, cuando después vino toda la seguidilla de películas de falso registro de cámaras hogareñas, promocionadas con teasers con las reacciones de los espectadores ante cámaras infrarrojas. ¡Si está claro que todo lo que queríamos era monitorear a otra gente!

sliver_2           “Chicos, yo les mostré la concha en mi peli anterior pero ahora les apago la tele, bye”

 

A mí me gusta pasar por el canal 5 -el canal del consorcio le llamo yo- y ver qué onda. La imagen es deplorable, sin duda hay que encuadrar mejor y se ve sucio. Yo creo que el encargado no llega a limpiar la lente, por eso un día de estos voy a conseguir una escalera y voy a limpiarla yo misma.

El canal del consorcio tiene más tensión que el Canal de la Ciudad, otro canal marginal. En algún punto es como HBO: It’s not TV. Siempre puede aparecer el vecino que me gusta con su novia del momento volviendo del chino o de Falabella, o la señora que sale con jovencitos, cuando no un fenómeno paranormal. El canal del consorcio no es para ansiosos, hay que tener mucha suerte para enganchar algo picante. A mí me encanta cuando se cruzan los vecinos, porque ahí compruebo lo repelente que somos todos.

En mi trabajo hay una oficina donde están los monitores con las cámaras de seguridad del edificio. Cuando paso por ahí también me quedo unos instantes mirando, esperando que pase algo grosso, un affaire, una conspiración, un robo, un ataque de pánico, ¡algo! Nunca pasa nada, a lo sumo pasa alguien metiéndose los dedos en la nariz o sacándose la bombacha del culo.

Una vez viví un momento muy, extremadamente cinematográfico, de película romántica. El chico me gustaba mucho y resultó que el beso nos lo dimos en una de las góndolas del minimercado de una estación de servicio, con esa luz blanca de minimercado y con todos los productos perfectamente ordenados por color. Esa escena cabe perfectamente en una de cine japonés, todo tan limpio y dosificado. Me acuerdo de todo cuadro por cuadro, aunque lo único que no recuerdo es la canción que sonaba y un poco me quiero matar por la falta de ese detalle. Todo me resultó tan simple y perfecto que unos días después me emputecí con la idea de conseguir el video de esa noche (en ese momento se grababa en VHS). El porqué estaba claro: para atesorarlo como quien guarda una entrada de recital o un papel de alfajor, que son las cosas que una hace a los quince años pero que después sigue haciendo toda la vida (ahí tenemos al buscador del Gmail que nos trae a la memoria permanentemente todas las boludeces que dijimos y nos dijeron alguna vez y que da pena borrar).

Con los días fui pensando estrategias. Lo más práctico era fingir demencia o alguna capacidad diferente y encarar de una al encargado del local, que la cosa quedara entre nosotros. Era un deseo que venía desde lo más hondo de mi ser-chica: “Lo quiero guardar en mi archivo personal” pensé en decirle jugando la carta de la sinceridad y del patetismo también. Imaginé la respuesta del pibe: “Sí, bancame un toque que te lo busco” me decía él, yo lo esperaba y a los cinco minutos se abrían las puertas automáticas del minimercado y aparecían dos agentes del SAME pero como los guardias de Sarah Connor en el hospital mental. No, no iba a funcionar. Desde cualquier punto de vista mi inquietud era retorcida. Y también iba a ser muy triste salir igual que como había entrado, con el recuerdo latente y las manos vacías, así que con los días fui dejando de lado toda posibilidad.

Evoco el momento y me sigue pareciendo una escena perfecta, tal vez por eso por mucho tiempo creí que esa pavada podía ser una pieza de archivo fenomenal. O tal vez todo ese tiempo solo la quise por el hecho de que algún día me gustaría escribirla tal como sucedió en la vida real. Sería como una escena de Clerks pero desde el punto de vista de los clientes y en color.

Si bien la escena era redonda, de escribirse podría mejorarse en gran medida. Podría hacer que durante esos instantes de lirismo japonés y después del beso irrumpan en el minimercado una horda de zombies hambrientos y se carguen al besador. De fondo una canción tipo esta, mientras vemos tarascones y vísceras por todos lados, y todo el blanco japonés a la mierda. En definitiva sería una especie de justicia poética. Tal vez ese debería ser el principio de la película.

Me puse a pensar en todo esto cuando hace poco volví a ver Sliver, esa horrible experiencia audiovisual. Cada vez que me acuerdo de cuando me emputecí por el video del minimercado o me cuelgo mirando el canal del consorcio se me aparece la cocorita de Carly diciéndome “Get a life”. Forra.

Texto: María Celeste Iglesias