“Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”

Published on Agosto 2nd, 2012

Son las seis de la tarde. La cita está pactada en el legendario bar Varela-Varelita. Hay una mesa con una copa de coñac, ahí nos espera Ricardo Strafacce. La charla que vamos a tener es aún un misterio, no sospechamos que este escritor comenzó su camino de lector por la biblioteca de su padre, cuando leyó y releyó las ediciones de la vieja colección de “Capítulo Universal”. Tampoco sabemos que el primer libro que compró fue Museo de la Novela de la Eterna, tal vez incomprensible en un primer momento, pero al que no podía negarle su gran valor. Ni podemos imaginar que, cuando leyó a Borges por primera vez, lo tomó como una mala copia de Chesterton. Solo tenemos una certeza: es la hora de la merienda, la merienda Strafacce.

Ricardo Strafacce nació en 1958, en Buenos Aires. Realizó la carrera de Derecho y, mientras comenzaba a ejercer como abogado, complicó su destino dedicándose a la literatura. Su mundo de publicaciones está integrado por varias novelas, como La boliviana y La transformación de Rosendo, y una minuciosa biografía sobre Osvaldo Lamborghini. Su literatura podría encuadrarse dentro de una forma de realismo extravagante e inverosímil, que invita a un pacto de lectura donde la imaginación y el lenguaje tienen una resonancia con la tradición de César Aira. Se trata de una apuesta narrativa que no le hace el juego al mercado ni a la academia.

-¿Cuándo diste tus primeros pasos en la escritura?
-Yo leía muchas novelas western, de esas que salían en Bruguera. Entonces, lo primero que escribí fue eso, una novela western que lamento no conservar, porque yo tenía 14 o 15 años; pero, por otra parte, en esa época para mí y para mis amigos era más importante la música que la literatura. Teníamos una banda y tocábamos. Era una banda de rock a muerte.

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También hay palabras muy en desuso. Hay una cosa pícara dando vueltas… como dice en la contratapa de La Boliviana: “escribís como una vieja”.
-Ah, mirá… esa es mi aspiración (risas), porque mi madre y sus hermanas, que son de origen rural y muy humildes culturalmente, tienen una formación desde el lenguaje que es muy particular, y eso a mí me gustaba. En mi escritura influye mucho más mi madre que mi padre. Tiene esa impronta muy femenina, muy arcaica –viste que la lengua rural es muy arcaica- y también muy inocente. Me atrae lo arcaico-rural, lo humilde de alguien que no lee el diario, por ejemplo.

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-¿Y no te imaginás publicando en Planeta o en Sudamericana?
-Bueno, ahora tienen una novela Blatt y Ríos, y una el chileno loco de La calabaza del diablo.  Para mí, publicar en Planeta, Sudamericana o Alfaguara es mersa. ¿Viste esas tapas que hace Alfaguara? Pero además, las editoriales independientes cuidan los libros; las grandes, a los seis meses los mandan a saldos y al año los hacen pulpa. Así que sí, yo me siento más cómodo con Mansalva…