Presteza

Published on enero 19th, 2013

Presteza

Al final sos como el náufrago del cuento que abraza un salvavidas y toca, ahogado de esperanzas, las playas de una isla inhóspita. Escupe agua y tose y respira hondo; da un grito de desahogo porque se alegra de hallarse a salvo en la orilla, y entonces un vistazo revela: alrededor el desierto ondulante, la arena en blanco y las rocas pulidas, un verde que gana espesor, la creciente certeza de una soledad rotunda, la imaginación intranquila, y el paso del tiempo amenaza con volverse el mayor peligro.

Hace sólo seis meses cumplías una rutina, te tomabas en serio una serie de irrelevancias y te contentabas con sentirte útil y poder pagar tu confort. Pero ahora… este charco que se dilata en torno desde los últimos dos meses. El ocio se te hace sufrimiento, y ya no pensás en un lujo gratuito y necesario. Demasiado tarde te diste cuenta de que no tenías oficio ni profesión. Gusto, talentos y la fidelidad al bienestar te permitieron ciertos avances, aunque sin el ímpetu del que corre tras la presa. Vivías en la holgura hasta la quiebra de tus empleadores, y aún te seducía el panorama de un año sabático con todos los gastos cubiertos. Así que te dedicaste con tanta pena como ansiedad a contemplar la ruina de la empresa.

Nada resultó tal lo previsto: recibiste la mitad de cuanto esperabas. Te desquitaste gastando fuerte y disfrutando obscenamente de tu tiempo libre. Te pusiste, como un  turista, a disposición del capricho mientras te preparabas para la búsqueda siempre futura. Tras cuatro meses del ocio más placentero, a instancias de tu pareja, acudiste a una entrevista de trabajo y desde entonces peregrinás por los lugares de mayor nulidad a descorrer cortinas que descubren carteles que sentencian: “Aquí no hay nada”. Tus contactos se cansaron de tus llamados y rara vez te pasan datos útiles. Revisaste méritos; diseñaste una biografía virtuosa en hojas A4; llevás ropas dignas de un canal de moda. Y únicamente para jugar al juego de la silla. Entre tanto, la indemnización mengua y te provoca imágenes de pobreza: una raqueta con telarañas por encordado, un raspón imborrable en el capot, una suela de zapato translúcida, un paquete de fiambre que adelgaza. Cuanto hiciste en esos cuatro meses se convierte de recuerdo en reproche. El horizonte se angosta. Lo que más te preocupa es el futuro de tu hijo, y no pocas veces te sorprendés rascándote la cabeza.

Franco cumple cinco en junio pero en tu mente ya corrió la película: su cara de emoción e inquietud del primer día en primario, el gol heroico en su partido debut, la primera novia que trae a casa con timidez y ortodoncia, el graduado con honores cubierto de huevos y harina y mostaza, el despacho del profesional joven por el que suspiran las secretarias, el carnaval carioca de la fiesta de casamiento, papel picado en la boca… se cortó la cinta. Sentís que tenías tanto derecho a esas fantasías como tenés derecho al miedo actual. Por fortuna no te faltan contención ni gratitud. Podés decir con orgullo que en tu pareja siempre prevalecieron la mutua comprensión y el cariño mutuo. Aunque, por otra parte, el matrimonio es una empresa, y el tuyo se basa en la equidad: son socios leales y ambos contribuyen en forma equitativa. Sabés, y te aterra, que este desequilibrio pasajero, tu condición de gasto, puede, de prolongarse, estropear la armonía de la relación. Eso te demolería.

Sin embargo, buscás rastros de lo que te condujo a esta encrucijada sin caminos, y lo único que encontrás son frustraciones pequeñas, malestares por minucias, claudicaciones cotidianas, concesiones inmediatas. Ayer, sin ir más lejos, por primera vez en tu vida –compraste un corpiño con relleno.

Considerás que tenés un cuerpo bien formado y armonioso, aunque tu delgadez, tu altura, y tus hombros anchos de nadar hacen que tus pechos, pequeños, cierto, pasen desapercibidos. Si llevás ropa negra pueden confundirse con rastros de obesidad o exceso de pectorales. No podés ocultarlo: llevar tetas insuficientes te pesa. Es cierto que así como en un arranque de optimismo pudiste comprar ropas elegantes y acordes a la moda, o pintar tu living de rojo, o comprarle a tu hijo un tractor, podrías haberte agrandado el busto. Pero sencillamente no podés con tu genio, y seguís eligiendo el perfil bajo. Tal vez sea rebeldía o, mejor, anacronismo, pero no compartís la costumbre de agregarse tetas; y la única causa de que lleves corpiño es el pudor. Con todo, a la larga tuviste que resignarte a que el físico sea un factor determinante en las relaciones sociales, y más notoriamente en el mundo laboral: la abundancia, siempre vista con buenos ojos, propicia los favores, y nadie da sino a quien puede retribuir.

Pusiste una moneda en la mano de la mujer que celaba la puerta de la tienda. Elegiste una tienda céntrica, es decir, muy concurrida y por lo tanto bastante anónima. Te preguntaste si los afiches representaban las fantasías de los compradores que las marcas interpretan, o las fantasías que las marcas proponen. Los encajes atrevidos a través de los cuales los pezones miran con fuego a los ojos; los cuerpos fibrosos, brillantes, prototípicos, con prendas deportivas de colores vivos; parejas en lencería roja retozando entre sábanas blancas; escenas de oficina: lentes al borde de la nariz, corbata distendida, camisa abierta; dúos y tríos amistosos de sonrisas ambiguas y conjuntos blancos de algodón. En ninguna de esas imágenes distinguiste tu reflejo, pero te preguntaste cómo influirían en tus decisiones.

Con una sonrisa tan molestamente falsa como cordial se te acercó una vendedora del tipo fibroso y prototípico. Hubieras preferido que te atendiera un hombre, pero disimulaste comodidad. Trataste de transmitir antipatía y exigencia, y le pediste que te mostrara musculosas. Te sugirió unas blancas, diminutas, que te darían “volumen”; sonó condescendiente.

—¿Qué tal un corpiño con relleno? —contestaste tan carente de pudor que te sorprendiste. Comparaste tres o cuatro, blancos todos: uno de algodón y lycra con un armazón rígido que te recordó a una profesora de gimnasia; otro de seda con puntillas, rellenado en exceso, que creíste más apropiado para el divorcio en malos términos o la viudez en los cuarenta; uno más, demasiado geométrico para tu gusto, quizás para un superhéroe de historieta. Compraste uno de seda, liso, de curvas armoniosas, suma sobriedad, el mejor y más caro: la situación lo ameritaba.

Cuando llegaste a tu casa, nadie a la vista, saludaste en voz alta, y fuiste directo al dormitorio. Te arrancaste la camisa y la musculosa, sacaste el corpiño de la caja, más bien estuche, y te paraste frente al espejo del placard. En cuanto te lo probaste sentiste que habías perdido el tiempo: ¿cómo no lo habías comprado antes? Te daba la elegancia de un campeón de esgrima, la seguridad de un conferencista, la apostura de una barba canosa. A Sofía le gustaban estos detalles sexy, y la idea animó tu deseo. Pero cuando bajabas la escalera con paso majestuoso, Franco, que jugaba con su tractor en el living, te silbó un lascivo fiúu-fiuúu, y sentiste el peso ancestral de tu busto.

El busto de tu padre, considerando el desmedro de sus setenta años, se sostiene firme y recto. El busto del abuelo Ramiro fue pionero y altivo. Siempre fueron generosos los pechos de tus abuelos maternos, e incluso los de sus progenitores vanguardistas. Desde una tradición de dos generaciones, una sólida herencia espiritual, se esperaba de vos un par de pechos robustos y pujantes, como se esperaban una carrera universitaria y una vida sana. Tus hermanas, de hecho, van orgullosas por ese camino con sus tetas soberbias. Pero vos, que rehusás llamar la atención, jugás en la familia el papel de oveja negra. La historia te provoca una íntima nostalgia de cosas ajenas. Admirás a tus antepasados remotos, tus tatarabuelos, y más aún sus padres, deben haber sido gente sencilla y terca que refunfuñaba porque sus descendientes se incrustaban tetas como si fueran aros o tatuajes, pensás. Todavía te corre las venas un dejo del conservadurismo de aquellos tiempos intensos en que afloraban la mística materialista, el hedonismo austero, una definida androginia, el realismo virtual. En tu álbum familiar están plasmados, en forma gradual y nítida, los testimonios más sonrientes de las metamorfosis generacionales: el bisabuelo Octavio, adolescente, con peinado desafiante, vista perdida, metales plateados saliéndole de la piel; Abu Leandro y Abuela Agustina, serios, con tatuajes y cicatrices de pasados disolutos, llevando de la mano a tu mamá, niña, los tres con lentes de sol y top flúo; el abuelo Ramiro con papá a los once, en mallas enterizas por las arenas de Villa Gessel; vos, de negro, entre las tetas orgullosas de tus tíos Martín y Esteban, corbata por vincha, en el cumpleaños de quince de tu hermana menor. Tus nietos amamantarán a sus hijos, y, para ser sinceros, la perspectiva no te entusiasma. Sin duda, no todo tiempo pasado fue mejor, pero suponés que en algún momento el hombre tomó una curva demasiado abierta. Y como ya no hay vuelta atrás, acaso sólo quede rectificar el rumbo. Y a propósito, lo que concierne:

Mañana tenés una entrevista con el seleccionador de personal de una Importante Empresa Sueca de Comunicaciones. Un primo que trabaja en la competencia te dio aviso: computadora, ocho a diecisiete, tranquilo, lunes a viernes, bien pago, efectivo. Así que después de la cena imprimís tu currículum y te acostás temprano para tener los ojos descansados y el rostro fresco. Tenés sueños intensos, pero nos guardamos la digresión. Te despertás de buen humor junto con el día para desayunar sin apuro y arreglarte. Te afeitás silbando, tarareás en la ducha. El sol se asoma por la claraboya y presentís un día feliz. Elegís un traje de lino gris claro, saco abierto, corbata color petróleo, una camisa blanca para aprovechar los rastros del verano, y obviamente tu corpiño nuevo. Te peinás hacia el costado, te tocás con perfume el cuello y las muñecas, y te guiñás un ojo: se diría que vas a un casting para James Bond. Tu mujer te asegura que estás bien guapo, le creés, y lo reafirma con un beso lascivo, y un abrazo que te arruga un poco la camisa.

Vas sonriente en coche por El Bajo, fluyendo con el tránsito, escuchando tus estándars favoritos, asintiendo con la cabeza, marcando ritmo sobre el volante. Entrás en un estacionamiento, dejás el coche y caminás ansioso y confiado hasta tu destino.

El edificio, de diez pisos, es el lugar que cualquiera imagina para fantasías empresariales: viejo pero reciclado a nuevo en vidrio y metal, pisos de mármol, paredes blancas, techos altos, asientos de cuero, como para, mirando los veleros que se adentran en el río, apoyar los pies sobre el escritorio, apretar un botón y decir: “Señorita, quiero un capuccino, y que sea pronto”.

Te presentás a la recepcionista. Madura, muy coqueta, flaca como una avispa, magra de pechos pero con un escote convocante, dueña de esas bellezas malignas que aguijonean el sentimiento de la lujuria. Alzás las cejas pensando que podrías trabajar con ella. Con simpática indiferencia, te deriva a un empleado de seguridad de pechos exagerados que te observa despectivo (los más subordinados a menudo condensan soberbia), retiene tu documento y te da un carnet a cambio. Te ordena que subas al piso siete. Sentís ansiedad. El ascensor está casi lleno y a punto de salir, así que apurás el paso y en tres trancos, elegantes, lo alcanzás. El ascensorista consiente, entrás, y quedás pegado a la puerta.

No van por el piso segundo cuando sentís que alguien te apoya en la espalda, adrede, alevosamente, unas tetas duras. El ascensor para en el cuarto. Bajás para dar paso a una chica, y volvés a subir. El hombre —lo viste, canoso, saco en mano, camisa blanca abierta, bronceado marino— sigue detrás de vos y, en cuanto las puertas se cierran, vuelve a encimarte con los pechos. Es una situación embarazosa: no podés correrte y no sabés qué hacer. Enseguida, por suerte, en la parada del seis, se hace espacio y los cinco hombres que quedan —el canoso de los pechos que masca chicle como un adolescente, un japonés de traje y lentes que debe ser el colmo de la eficiencia, un tipo de maestranza y el ascensorista, que se sustraen y cambian miradas— se paran en ronda. Alguien carraspea y alguien tararea para adentro. Sentís que el canoso te clava los ojos, pero lo eludís. Llegan al siete y ambos bajan. El canoso dobla por un pasillo. Vos te encaminás a la recepción y entregás tu currículum a una chica de no más de veinticinco, severamente demacrada (más que ojerosa parece víctima de violencia doméstica), que sostiene dos charlas telefónicas, envía un fax, recibe mails, lee un apunte de psicología y, esbozando una sonrisa lúgubre, te señala una puerta hacia la cual debés dirigirte.

Tenés que esperar en una sala completamente blanca junto a otros dos postulantes. Parece que se saludan con cortesía, pero más bien se estudian como boxeadores en el primer asalto. En definitiva, los reúne una competencia. Uno tiene alrededor de veinticinco y una cara aburridísima: verlo es bostezar. Pero este príncipe del tedio es de temer, porque esas caras de pavote suelen corresponder no sólo a los onanistas federados sino también a monstruos de la informática. Éste, además, lleva los pechos de acuerdo con la proporción áurea, y lo caro del traje le atenúa el mal gusto. Al otro lo conocés, desgraciadamente, de otra entrevista.

Dos meses atrás una petrolera multinacional había convocado cruelmente a dieciséis candidatos para contratar sólo a doce: los currículum no habrían desentonado en una exposición de diseño ni el vestuario en un cóctel de la embajada de Omán. Después de tres horas de entrevistas se leyeron los nombres de los seleccionados. Sólo cuatro quedaban afuera: vos, este tipo que parece reconocerte, un desubicado patético que escupió la alfombra, y un muchacho parco que delante de los ojos húmedos de bronca del resto, el desgraciado, se tiró por la ventana.

Repetiste la escena en sueños los dos o tres días siguientes: estallar de vidrio, una irrupción de sol, el grito al vacío. Te levantabas temblando, transpirado. Poco a poco, habías empezado a olvidarte, pero ahora este cretino aparece para revivirlo. Por lo demás, mayor que vos, poco pelo, el nudo de la corbata torpe, los tacos de los zapatos redondeados y un tic enervante que lo hace morderse el labio inferior, no resulta un rival intimidatorio; te preguntás si no será yeta. Marcos se llama, y te reconoce. Charlan naderías mientras toman café. Hay impaciencia y chispas de hostilidad en los acentos de la conversación.

Lo deseás tanto que te llaman primero. Como era de preverse, en un despacho luminoso, cuadros abstractos en las paredes tiza, delante de un ventanal panorámico, tras un escritorio ancho de roble, en un sillón de cuero, jugando con una palm, te recibe el canoso del ascensor. Tragás saliva y te acercás con cautela.

Te sonríe y extiende una mano firme, con un anillo grueso y un reloj pesado. Tiene cejas tupidas y enérgicas, la frente rugosa, la piel dorada, los ojos negros vivaces, y unas tetas más imponentes que el presidente de Estados Unidos: redondas, macizas, arrogantes. La camisa blanca, entreabierta, transluce los contornos de una lencería exquisita, profusa en encajes.

—Buenos días, señor… —te dice con voz ancha y calma—. Guillermo Rubinetti. Encantado. Tome asiento.

Te sentás al borde del sillón. Hay algo en el canoso que te incomoda: tiene cara de pícaro aunque no parece gay. Abre tu currículum y lo recorre con la mirada y displicencia: treinta años, alguna facultad, familia tipo, fidelidad al hábito.

—A usted lo conozco… —lanza sin mirarte— del ascensor. Es un poco tímido, ¿no?

—Disculpe. ¿Có… cómo dijo? —alcanzás a tartamudear.

Te tomó por sorpresa. No esperabas un avance tan rápido.

—Que usted parece ser un poco tímido. Qué pena, porque un tipo con su pinta… Usted es casado, ¿no? Yo también, ya me casé cuatro veces. Tengo seis hijos, vea, hermosos —y señala, junto a su laptop, unos retratos de chicas y chicos rubios de distintas edades con caras de malcriados.— Qué lindos son los chicos, ¿verdad?

—Yo tengo uno de cuatro —deslizás, tratando de buscar cobijo en la familia. Tal vez pueden confraternizar como padres, y quizás podés contarle que Franco está acostumbrado a lo que algunos consideran lujo, pero que de no contar con eso vos lo sentirías como una privación.

—Pero los chicos son para las mujeres —continúa—. Yo me aburro muy rápido… de las mujeres, claro, je, je. Siempre necesito nuevas emociones. ¿Usted me entiende, no? Diga que tengo levante.

Se ríe fuerte con risa gruesa y unos dientes grandes y blancos. Reís con él tratando de mostrar complicidad, pero no resultás natural, y te ruborizás. Te preguntás si de haber entrado el chico de la cara de abulia le habría pasado todo esto; si le pasaría más tarde. ¿O te había elegido a vos especialmente? Rubinetti se levanta, pasa de tu lado del escritorio y se sienta sobre el borde.

—¿Sabe por qué? —te dice en tono confidente.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué tengo levante?

—La verdad que no…

—Por éstas —dice agarrándose las tetas, y desata una risa de caballo—. Por estas tetas y por esto —agrega entre risas, frotándose índice y pulgar uno con otro—, van juntos. ¿Sabe cuánto me costaron? Diga cuánto, diga.

—No sé, no se me ocurre.

Rubinetti, te das cuenta, debe pasársela hablando en números. Su almuerzo son sesenta y ocho pesos, y el auto que piensa comprarse ciento ochenta mil, y las entradas para el teatro setenta (a razón de un peso por minuto de función), y el CEO de la casa matriz gana ochocientos mil al año, y su tenista favorito un millón trescientos mil consagrándose sólo en dos abiertos.

—Tres mil quinientos dólares. Un número, ¿eh? Unos cien dólares por centímetro.

Alzás las cejas y asentís arqueando los labios. Se te ocurre que Rubinetti debe haber sido el más humilde de un grupo de chicos adinerados; el que tenía las zapatillas de moda un mes más tarde; el que iba a Brasil un año después de la temporada fuerte; el que se compraba una pelota mundialista y la prestaba para que terminara debajo de las ruedas de un auto; el que salía con las amigas de las chicas más lindas; el último en tener su coche y su departamento; el que crecía a fuerza de envidias.

—Pero lo valen, no dude que lo valen. Me operó Sívori, un grande, un verdadero artista plástico. Mire qué curvatura —se para erguido, orgulloso como un soldado— y qué prestancia. Duro, pero maleable. Venga, toque: ni su esposa ni las mías, je.

¿Será una mala broma de tu primo? No puede ser. ¿El tipo las sentirá como los músculos que le han costado horas de sudor y esfuerzo, y que nadie sabe apreciar? ¿Espera que lo hagas sentir orgulloso? ¿Te estará tomando el pelo? ¿Será su forma divertida de empezar el día? Ya no se te ocurre qué cara poner. Te acalorás. En la frente te aparecen unas gotas. Insiste.

—Ande, toque —y te agarra una mano que por no demostrar violencia no sostenés firme, y se la lleva al pecho.

—Verdad, increíble —balbuceás porque el pecho muestra, en serio, una dureza de bronce.

—Y mire qué suavidad, un durazno —continúa, mientras se desabotona la camisa, y se baja el corpiño, y deja al aire una teta de póster, bronceada, con un pezón oscuro muy pequeño.— Venga, toque. No sea maricón, vamos, hombre.

Y otra vez te agarra la mano y la pasa, esta vez despacio, por la pendiente de su pecho, da una vuelta con tus dedos índice y mayor alrededor del pezón, y lanza una carcajada. A qué decir tu desconcierto. ¿Qué se supone que hagas? ¿Irte de inmediato? ¿Meterle un trompazo? ¿Decirle que estás muy interesado en el trabajo, que se concentren en el aspecto laboral, que discutan tu capacidad? ¿Reírte y palmearle la espalda? Te imaginás un limpiavidrios contemplando la escena y cayéndose de risa desde las alturas.

—¿Vio qué suavidad? De bebé, —acomoda el corpiño y cierra la camisa— y eso que tengo cincuenta y seis. Pero ojo, que toda mi vida trabajé para esto, ¿eh? A mí no me regalaron nada, ¿sabe? Desde los catorce mis mañanas empiezan a las seis. Yo trabajé a la par del sol. Yo me abrí paso solito —se palmea el pecho—. Cuando empecé en esta empresa tenía menos tetas que usted. Ojo, que no están mal, no hay que menospreciar, ¿eh? —aclara—. Pero usted usa relleno, ¿verdad?

Temés mentir. ¿Qué pasa si quiere palparte? ¿Te queda todavía alguna chance de conseguir el trabajo? ¿Acaso esto te favorece de algún modo? ¿El tipo halagará tu sentido del humor? ¿Te confesará que busca personas con aptitud para manejar amablemente situaciones comprometidas?

—Sí —admitís.

—Hace bien, hace bien. Hasta que pueda operarse, claro… cuando tenga la chance. Vea, en la vida hay oportunidades que no hay que desaprovechar. Yo las agarré todas, —se señala con los pulgares— todas… —hace una pausa, agarra la palm y hace una anotación—. La verdad que usted me cae bien —te sonríe de nuevo, con cálidez. Se acerca y te estrecha fraternalmente contra su cuerpo. Sonreís, incómodo. Después, se da media vuelta como si nada, y vuelve al trono de cuero.

Respirás con alivio. Rubinetti aprieta el botón verde del intercomunicador y pide a su secretaria que le lleve un capuccino, y pronto.

—Bueno —carraspea, serio—, no quiero demorarlo por más tiempo. Todavía tengo que entrevistar a varios candidatos. El perfil de nuestra búsqueda está orientado a personas que reúnan aptitud, jovialidad, presteza (a propósito, tengo que felicitarlo), y que muestren a la vez colaboración e iniciativa. La tarea a realizar resulta más grata que demandante y la retribución no es poco generosa. El ambiente, además, es reconfortante y entre el personal reina la camaradería. ¿Quién no querría hacer este trabajo? Bien, querido señor, ya sabe lo que hay que saber —volvió a aclararse la garganta—, no me queda más que decirle que voy a tenerlo muy en cuenta, muy en cuenta, y desearle suerte. Ha sido un verdadero placer. Ahora, si me disculpa, debo seguir con las otras entrevistas. Pero acá tengo los papeles, ¿eh? Me comunico con usted en cuanto tenga novedades, ¿sí? Muchas gracias por su tiempo. Y que tenga un buen día. Ah, pídale a otro que pase, si me hace el favor.

Salís estupefacto. Tenés la boca llena de preguntas que no pudiste formular y se te confunden unas con otras. ¿Te dirán ahora que estabas siendo filmado para la televisión? ¿Tendrías que llamar a tu primo y contarle? ¿Ver si se ríe y se confiesa? Algo te sube desde el estómago. ¿Deberías aprovechar el consejo y ahorrar para operarte? ¿Trabajarías con un tipo así? ¿Podés esperar que te convoquen? Le decís al tal Marcos que pase y, riendo, le deseás suerte, sin hipocresía. Te sorprendés deseando absurdamente que le toque vivir lo mismo, si eso fuera posible. Salís del ascensor, devolvés el carnet a la avispa de la recepción que sonríe con malicia. El patovica tetón y peyorativo te devuelve tu documento.

Mientras cruzás las puertas del edificio casi no aguantás las ganas de cubrirte la cara y llorar.

Fernando Aita