POSTPUNK. Romper todo y empezar de nuevo

Published on Julio 21st, 2014

Sobre el libro de Simon Reynolds

¿Por qué leer sin parar 550 páginas sobre lo que pasó hace más de 30 años en el mundo de la música? Fue la tapa, el inicio, la referencia a esa frase que simbólicamente acabó con el punk: “¿No tuvieron alguna vez la sensación de que los han engañado?”.

tapa POSTPUNK

 

Todo empezó con Johnny Rotten, todo empezó con John Lydon, todo empezó a terminar con Johnny, todo se deformó, todos fueron engañados por Malcom McLaren. El postpunk, aquello que ocurrió a fines de los setenta y comienzos de los ochenta cuando diversas variantes de la intelectualidad musical adoró la distorsión, salirse de los cánones, renegar del rock siendo rock, musicalizó esta ciudad justo cuando terminó allá.

Simon Reynolds dividió en dos su libro. La segunda parte se concentra en una gran variedad de bandas y ritmos bailables, la música disco deformada, aparatosa, brillante, para las masas. Music for the masses. Si bien conocía mucho de lo nombrado –aquel “Relax” de Frankie goes to Hollywood que cierra el libro–, lo mejor está en la primera parte, cuando las viejas ideas de las vanguardias vuelven a ser nuevas ideas en la música. ¿Popular? No. Creo que esos grupos que repudiaron el rock (el movimiento musical que definió un nuevo género) renovaron el rock (esa actitud de rebeldía contra los valores establecidos). De eso se trata. Reynolds recupera un período explosivo, una época que mostró la cosecha de ciertas semillas plantadas durante seis u ocho años y regadas a último momento por un anarquista, un anticristo. Reynolds arranca justo después, cuando Rotten, amargado, en cuclillas en un escenario de Texas, le pregunta a su público si no se había sentido estafado. Pero las cosas no volvieron a su cauce. Demasiadas puertas se abrieron. Lo que vino después de los Sex Pistols recordó a Bowie, a Roxy Music, a The Velvet Underground, a Iggy Pop, a Can, a Television. Compraron gran variedad de teclados y sintetizadores, distorsionaron sus guitarras o las dejaron de lado, intentaron hacer música contra la música, sin saber música y con cualquier cosa; volvieron a lo más primitivo y tribal con toda la nueva tecnología que iba surgiendo, formaron un nuevo capitalismo contra el imperante.

El ultimo día de Johnny Rotten (The Sex Pistols en Winterland. Texas, 14 de enero de 1978)

Reynold recupera el periodismo musical de aquellos años (1978-1984), reconstruye la densa trama de las escenas y circuitos ingleses y estadounidenses y nos da una erudita lección sobre las infinitas variedades de géneros musicales de la época. Pere Ubu, Devo, Talking Heads, The B’52, Joy Division, Throbbing Gristle, The Fall, Bauhaus, Siouxie and the Banshees, Gang of Four, Cabaret Voltaire, The Human League, The Pop Group, Madness, The Specials, The Slits, The Contortions. Pero sobre todo(s) Public Image Ltd., PiL. Desde la tapa. Mucho funk y dub, en la música y en la grabación. Mucho DIY. Para entendidos y para entender. Y Scritti Politi como una imagen fantasmática sobrevolando, con tanta obsesión teórica que fue capaz de encarnar todos los golpes de timón, mostrando las mejores intenciones con los peores resultados, y luego las peores intenciones con mejores resultados; o cómo se puede argumentar cualquier cosa.

Reynolds muestra un maravilloso entramado de bandas que van de un lado para el otro, pensando todas las opciones para provocar, para confrontar, para hacer lo nunca hecho, atentas a su entorno, con conciencia de clase. Bandas tan intensas en un entorno tan efervescente y convulsionado que duraban poco tiempo, que lograban un éxito moderado pero específico. Grandes versos desperdigados por las canciones que impactaban en el público que iba a verlas. Algunas duraron, es cierto, y otras vendieron millones de discos, también es cierto, pero no son los parámetros que definieron a las grandes. Era la creatividad, la distinción, la innovación el valor. Ahí apunta Reynolds.

Se concentra en el período que lo marcó, esa época y esa escena que vivió: él estuvo ahí. Eso es lo que lo motiva. ¿Qué es lo que permite reunir The Human League, Talking Heads y Bauhaus? ¿Sólo la contemporaneidad? Eso sería una mirada histórica acrítica y faltaría entonces el Led Zeppelin de Coda, London Calling de The Clash, The Wall de Pink Floyd, Johnny Cash, AC/DC, Bob Dylan y Olivia Newton-John, que también produjeron en esa época. No es tampoco la historia de un género. Ni la mirada antropológica de “tribus urbanas” (concepto omnipresente en la crítica musical local de los ochenta y noventa). Es más bien una mirada sociológica de la música en torno a una serie de “escenas” (Leeds, Sheffield, Manchester, Londres, Escocia, San Francisco, Nueva York): bandas, circuitos, estilos, sujetos que se entrecruzan, que se escuchan, que buscan distintos modos de romper la hegemonía a partir de un principio básico: innovar, impactar, participar. Un relato sobre la actitud más que sobre la música, justo antes de que la actitud se transforme en género y en “tribu”, el espacio de libertad antes de la institucionalización: poder escuchar o tocar sin ser, abrirse antes de cerrarse, antes de asumir una identidad, antes del encasillamiento.

Hagamos el ejercicio de escuchar el primer disco de cada una de las bandas para tratar de percibir el conjunto, el espíritu que sobrevuela. Ahí están los discos, los casetes, los CD para desempolvar (aquí está Internet, que con paciencia y pericia nos acerca un poco de todos ellos). Reynolds invita.

Texto: Gonzalo Blanco