La solemnidad es mi gran enemiga

Published on Septiembre 29th, 2014

Sergio Bizzio es uno de los grandes escritores argentinos, pero quizás no todos lo sepan. Rabia, Era el cielo, Un amor para toda la vida son, como quería Roberto Arlt, novelas que tienen el efecto de un cross a la mandíbula. Muchos de los personajes que circulan por los relatos de Bizzio se esconden, se escapan, desaparecen. El obrero de Rabia, que se oculta en los altos de una mansión porteña durante años; el autor de best sellers de El escritor comido, que simula su propia muerte para ver qué dice la prensa de él; el psicoanalista de Borgestein, que una mañana larga todo y se compra por Internet una casa en la montaña. Hay muchos más. Y Sergio Bizzio, por qué no, es uno de ellos. Como escritor y cineasta, prefiere cultivar la discreción y el perfil bajo: no le gusta asistir a congresos, a ferias ni festivales, y muy de vez en cuando da entrevistas. Tuvimos el privilegio, entonces, de que nos recibiera en su casa en el barrio de Colegiales, una tarde húmeda y tormentosa. Mientras nos sentamos en la cocina, de enormes ventanales que dan al jardín, Bizzio prepara un mate, ponemos REC y le preguntamos si está escribiendo algo en este momento.

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“Escribo literatura todos los días. O algo que se parece a la literatura, porque no estoy escribiendo nada que podamos definir de ninguna manera: me levanto muy temprano, y entre las 6 y las 10 de la mañana escribo cosas. Estoy hecho un especialista en cosas que abandono. Hace poco publiqué un libro que se llama En el bosque del sonambulismo sexual y trabajé con todo lo que los lectores y escritores consideramos usualmente un error: los cambios de registro, cambios de género, de tono, historias que no concluyen y que empiezan en cualquier parte… Trabajé con el nonsense, es un librito surrealista. Y la pasé muy bien escribiendo ese libro, al punto que me asalta el deseo de desbaratarlo todo otra vez. Quedé impregnado de esa cosa y aparece todo el tiempo, así que estoy luchando más que escribiendo”.

Pero es una marca del presente, en tus libros anteriores no trabajabas con esa metodología.

No, para nada, fue en esta serie de cuentos. En la contratapa lo dice bien, no se sabe qué son, (Francisco) Garamona los define como “piezas”, que yo escribí como reacción al rodaje de Bomba, una película que dirigí el anteaño pasado. Como en el rodaje de toda película, siempre hay una matriz de producción, dirección, actuación, siempre bien contenida para que se pueda hacer. En ese lapso traté de desembarazarme de toda esa cosa planificada y me sentí otra vez como un chico de 15 años cuando empieza a escribir, con toda esa libertad, casi como una escritura automática. Pero ahora tengo que sacármela de encima, no quiero escribir dos veces el mismo libro.

En algún lugar leí que cuando escribís, empezás con algo pero sin saber bien adónde vas.

En realidad empiezo siempre de distintas maneras. No podría decirte que pienso en una historia y después veo de qué manera contarla, excepto en Rabia. Cada libro arrancó en un lugar distinto: a veces empiezo con una frase, con una escena, una situación, a veces estoy jugueteando simplemente y aparece algo que sigo, como ahora que trabajé solo con desvíos. Cada libro se escribió de distinta manera.

¿La corrección es también parte del trabajo?

Me gusta mucho corregir, porque escribo cuando corrijo. Mi corrección no es algo puntual sino que escribo entrelíneas cuando corrijo: agrego, saco. No es solo elegir palabras y acomodar cosas.

¿Y eso lo hacés de mañana también?

No, a la mañana escribo con mate y a la tarde corrijo con whisky. Son distintas horas y distintos líquidos. Entre lo que escribo a la mañana y la corrección, vivo.

¿Tenés cierta disciplina?

Soy poco disciplinado, suelo ser perezoso. Estoy siempre buscando excusas para hacer otra cosa. Por eso me es muy productivo levantarme muy temprano, porque el mundo duerme, todavía ni siquiera amaneció, estoy tranquilo solo, no hay teléfono… No tengo nada que hacer más que escribir.

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Por culpa de Roa Bastos

Fue increíble. Había una plaza muy grande que estaba en el centro de Asunción, donde estaba el hotel. En la planta baja había todo lo que necesitaras para vivir: farmacia, médico, kiosco, rotisería. Una noche estaba escribiendo y me quedé sin cigarrillos. No puedo escribir si no fumo, lamentablemente. Bajo y le pregunto a uno de la recepción dónde podía conseguir cigarrillos, y me dijo que cruzando la plaza, en diagonal, había un kiosco que seguro estaba abierto. Pero agregó: “no te recomendaría que cruces”. Era la una de la mañana de un día de semana. Entonces, yo digo: “¿qué hago?, estoy copado con Infierno Albino, tengo ganas de seguir escribiendo, pero no puedo escribir así. Necesito comprar cigarrillos… Me la juego”. Y me largué. Empecé a caminar por la plaza completamente oscura. Incluso creo que había hasta un poco de tormenta. Truenos. Si no había, merecía haberlos. En el medio de la plaza colgaba una bombita de luz, nada más. Era toda la iluminación. Empecé a caminar por esa boca de lobo con el culo a cuatro manos, y de golpe veo una silueta que se acerca: “¡cagamos!”. Yo frené y la silueta debe haber pensado lo mismo porque también frenó. Nos quedamos mirándonos con la luz en el medio así como a treinta metros de distancia. Los dos asustados, midiéndonos. Yo pensando si debía seguir o no y él también. Pero el hecho de que él no avanzara me dio cierto valor. Pensé rápido como cuando estás a punto de morir. Yo en ese momento estaba a punto de morir: “Es una trampa en realidad, me está demostrando que él me tiene miedo, para que yo siga avanzando y cuando esté de su lado, saltan de atrás de los árboles tres monos y me sacan hasta los intestinos”. Pero opté por pensar que él se detenía porque tenía de mí el mismo temor que yo tenía de él, por lo tanto, no era peligroso. Fue muy curioso porque hicimos como un pensamiento simétrico, porque él también siguió avanzando. Nos encontramos debajo del farol y era Roa Bastos. Me acuerdo que lo saludé y le dije todo junto: “Augusto Roa Bastos Yo el Supremo”. No lo podía creer. Era Roa Bastos. Nos quedamos conversando un rato ahí debajo del farol. Le conté quién era, qué hacía ahí y… –ahora estoy ajustando las fechas y fue por esto que nos echaron, por culpa de Roa Bastos-. Claro, yo le conté qué estaba haciendo y lo invité a ir al otro día al programa como invitado, porque Roa Bastos hacía 25 años que estaba exiliado y había llegado el día anterior por primera vez de regreso al Paraguay. Y yo me lo encontraba en una plaza, debajo de una lamparita, después de medirnos con terror durante varios minutos y de tener pensamientos y movimientos simétricos. Acababan de darle el Premio Cervantes y estaba en Paraguay después de mil años de exilio. Le dije: “¿quiere venir mañana al programa?” y aceptó muy amablemente. En general, las entrevistas eran a deportistas, a modelos y a gatos. Era un programa muy populachero y debía ser así. Aún tratándose de esta gente, se hacían entrevistas de 5 minutos, y yo, como productor, que lo tenía a Roa Bastos, pauté dos bloques largos. Estuvo muchísimo tiempo en el aire y el rating se cayó en picada. Al otro día nos dijeron “basta, esto no se sostiene más”. Nos echaron por culpa de Roa Bastos.



¿TE QUEDASTE CON GANAS DE MÁS?