Instrucciones para sentir el dolor de otro en mi carne

Published on febrero 3rd, 2014

O cómo recomendar una película muy mala. Sobre The brown bunny, de Vincent Gallo.

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El arte vendría a ser una abstracción y cada obra de arte una concreción de aquella abstracción. Intuyo que una de las razones de la existencia del arte es la necesidad de expresión. Sin embargo, son tantos e insondables los sentimientos humanos, mezclados, inconfesables, indigeribles, regurgitados y vueltos a digerir, sutiles, brutales, alegrías fosforescentes, heridas que no se cierran nunca, recuerdos borrados que se quieren rescatar, presentes tan intensos que necesitan ser expresados. Y a su vez, hay tantas posibilidades de expresarlos, y tantos instrumentos, canales, movimientos, colores y ritmos, y tantos obstáculos, resistencias, hojas en blanco, incomodidades y creencias de imposibilidades que a veces son el motor que hace que se logren, que la sola audacia de querer catalogar los sentimientos me resulta irrisorio. Las expresiones “una película de amor”, “una tragicomedia”, “un drama familiar” me prometen más angustias que certezas. Sé a qué se refiere el que las expresa, pero entiendo que no está diciendo nada. Es un lugar común: no se puede explicar con palabras lo que otro quiso expresar con el arte.

Estamos acostumbrados a ver películas convencionales. Sabemos que van a terminar bien o mal, que el protagonista va a atravesar una peripecia en la que aprenderá un montón y nosotros lo acompañamos. Interpretamos algunas cosas que vemos en la pantalla y entendemos que es una metáfora que se refiere a algo de nuestras vidas. Hacemos catarsis, lloramos, limpiamos el alma, nos reímos, tratamos de que no se nos note el nudo en la garganta. Todos queremos que el muchacho se quede con la chica, qué tanto. En las estructuras del cine convencional hay una seguridad, una red que no nos va a dejar caer al piso y destrozarnos, para poder ir a comer tranquilos después del show.

Pero a veces no es así. A veces sucede otra cosa. ¿Cómo recomendar una película mala? Para definir primero qué es una “película mala” hay que cometer la aberración de homogeneizar y lograr un utópico sentido común: para mí una película mala es aquella que me subestima, pero el sentido común dice que una película mala es aquella que no divierte. Si nos atenemos a este último criterio estoy en condiciones de decir que voy a hablar de una película muy mala. The brown bunny del año 2003, escrita, producida, dirigida y actuada por Vincent Gallo además del montaje, vestuario y dirección artística. Un hombre atormentado por la ausencia de su chica. Algo pasó entre ellos que provocó que ya no estén juntos, pero los espectadores no sabemos de qué se trata. Las escenas de rutas transcurren sin piedad ni descanso. Largas escenas de lo mismo, tediosas y monótonas. Lentitud y silencio. Eso sería una película mala. Pero si pensamos que a Gallo la estructura convencional de narración no le permite expresar el sentimiento como quiere ¿Por qué deberíamos dudar? No es el caso de Lynch que filma una escena en la que aparece un tipo con un foco de luz roja prendido en la boca, solo porque lo soñó la noche anterior y algo significará. The brown bunny es más simple de lo que parece: es la historia de un hombre que sufre mucho por una ausencia. Y el modo en que el director decide contarlo recurre más a la forma que al contenido. Porque, como le resulta insatisfactoria la manera convencional, está obligado a forzar la forma. Es una decisión artística pero también política, porque sabe que una película así no será bien recibida y la realiza igual, dando prioridad a la expresión del sentimiento. No quiero que se malinterprete: no todas las películas con estas características son “interesantes” y tienen un contenido profundo que solo descubren los que saben. A mí me pareció que entendí el mensaje de Gallo: está provocando un debate, está poniendo sobre la mesa una discusión secular: la posibilidad de transferir un sentimiento a otra persona a través de la obra artística, que el espectador salga del lugar pasivo y pueda vivir el sentimiento que está observando. Gallo quiere que el espectador logre sentir en la carne propia  el dolor que siente el protagonista. Y no es azaroso que el conejo que remite al pasado y que está en la casa de la familia de la chica esté enjaulado. Todos los animales que aparecen en la película están enjaulados, como Vincet Gallo que no logra ser entendido y cuya jaula se llama Vincent Gallo, como su protagonista, en la pantalla y en el dolor de la pérdida y como nosotros los espectadores estamos enjaulados, primero en el cine, y después en la imposibilidad de sentir realmente un sentimiento que se nos muestra y, en suma,  en esta instancia que es la vida en la que solo nos queda morir. The Brown bunny es el ejemplo claro de la película que no hay que recomendar, el ejemplo claro de la película mala que se te queda en la cabeza más tiempo que diez películas buenas.

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Hay una escena de sexo explícito hacia el final. Esta película es relativamente conocida por esta escena, ya que la protagonista femenina es Chloë Sevigny, importante actriz que se desempeña mayormente en el cine independiente, aunque también trabajó para David Fincher y Woody Allen. Desestimar trucos de cámara, dobles de cuerpo y montajes imposibles. El sexo oral que ella le práctica a Gallo es real. No deja de asombrarme el compromiso actoral que toma la actriz a un riesgo altísimo. Nunca vi una exposición tan extrema de la propia imagen en función de una sola escena. Este hecho no puede provocar indiferencia. Cómo logró Vincent Gallo en su función de director de actores convencer a la actriz de realizar esta escena, no lo sé. Lo que sí me queda interpretar es que la actriz haya entendido la importancia de la escena en el conjunto de la película y haya accedido para lograr una intensidad que aporte al todo. En un  momento los espectadores nos encontramos con una escena pornográfica, con una cercanía, minuciosidad, duración e intensidad demoledoras. No asombra que el director recurra a la pornografía, ese arte cinematográfico único en el que la realidad y la ficción son lo mismo. No puede entenderse como algo externo al tono general.  Como expresé antes, Gallo quiere que sintamos en nuestra carne el dolor de la ausencia que siente el protagonista. De qué otra forma vamos a entenderlo nosotros si no es cuando, rompiendo las reglas de la ficción, nos muestran con la realidad misma eso tan intenso, tan vivo, tan real que fue y que ya no es más.

Texto: Fernando Medina