En el nombre del pene

Published on junio 16th, 2013

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La editorial Mar Dulce acaba de publicar Ladrilleros, la última novela de Selva Almada quien fabrica un mundo repleto sin perder de vista que su vasta creación está hecha de lenguaje. Los que habitan el universo Almada no están descalzos, están en patas; no tienen caras, sino jetas; no beben, chupan; no son niños, son changuitos; no son mocosos, son cursientos.

La novela tiene un narrador en tercera persona que, propenso al indirecto libre, se va mimetizando con los personajes y hace audibles sus voces. Se apropia de un hablar coloquial plagado de matices localistas, roba refranes, reproduce frases cristalizadas, sostiene malentendidos y articula onomatopeyas. Estos materiales, junto con un amplio espectro de recursos literarios en donde se privilegian las imágenes, tejen una urdimbre poética compleja y fluida.

El registro popular no queda fijo ni es igual frente a todos los pobladores del texto, el narrador se metamorfosea al estilo de uno y otro personaje. La forma de narrar será distinta según a quién se esté poniendo en la mira y así se logra una focalización diferenciada con un grado de omnisciencia íntimo, detallado, lleno de relieves: “Pajarito se queda solo y medio desorientado. Con los dedos tironea el fundillo a ver si la costura deja de lastimarle los huevos. Quiere irse a su casa y sacarse ese pantalón de mierda.” (p. 68).

El narrador no explica a sus personajes, lo que hace es desnudarlos, dejarlos expuestos al contar de la misma manera que ellos, tal vez, se contarían los recuerdos, la pobreza, el amor, la humillación, el miedo, el placer, la venganza, la incomodidad, la vanidad, el dolor, la muerte.

Además de la narración que va mutando sutilmente, hay un gran abanico terminológico ligado a la sexualidad. En este punto, Ladrilleros rompe con la posibilidad del sinónimo. Acá las palabras que en otro contexto serían equivalentes e intercambiables están dotadas de diferencia y especificidad. Nombrar las partes del cuerpo no da cuenta tanto de lo descrito como de cada personaje que el narrador asedia: de su pudor, de su poder, de su inocencia, de su deseo, de su desparpajo. La elección de un término, y no otro, para hablar de los cuerpos sexuados, dibuja un mapa sutil de las tensas relaciones entre los personajes que, a su vez, tensan la trama.

Los genitales femeninos son interiores, será por eso que Ladrilleros también los esconde y rara vez los convierte en sustantivo. La vagina no se ve, entonces no se nombra, sino que se localiza y así se vuelve, precisamente, un circunstancial de lugar. Es un adentro (p. 24, p. 41), un encima (p. 41), un bajo el camisón finito, un ahí abajo, un sobre (p.71). Si hay un sustantivo, es un eufemismo: “¿La metiste en tierra santa vos también?” (p. 183) o está para señalar una falta: los agujeros (p. 41) o nuevamente para entregar coordenadas espaciales: la entrepierna (p. 134), que es algo no dicho entre las piernas.

No se ve, pero el texto, al mismo tiempo que los personajes, se las arregla para acercarse a la vagina y rodearla con imágenes táctiles: “había alcanzado a meterle la mano en el calzón y había acariciado el pubis peludo, caliente y blando como un nido.” (p. 16)

Hay algo menos corpóreo que, sin embargo, toma el cuerpo del sustantivo: la virginidad pensada como virtud desde un narrador que hace foco sobre la mujer que se ha entregado (p. 41), o la telita (p.193) mencionada en diálogo como un chisme que condecoraría al que la hubiera roto.

Usar la vagina adjetivada es un insulto que no tiene más carga que la de producir la diatriba misógina. Los amigotes heterosexuales de uno son calificados como conchudos (p. 120) por haber abandonado al agonizante; las hermanas de otra son apodadas argolludas (p. 97) aunque sus cuerpos nunca hayan sido tocados.

Concha, dicho abiertamente, sólo es la vagina considerada como un antídoto para contrarrestar, reprimir u olvidar el deseo homosexual: “Tenía que salir y garcharse una pendeja ahora mismo. Agarrar y oler una concha, meterle la lengua hasta el fondo, chuparle todo el jugo a ver si se saca el olor a meo y a mierda del baño de la bailanta” (p. 202)

En el único episodio en el que se hace una cruda y directa referencia a la genitalidad femenina, el narrador parece estar pegándose a Oscar Tamai, el hosco macho de la novela, como si él, al recorrer y poseer el cuerpo de su mujer, tuviera derecho a dictar las palabras capaces de darle nombre: “le acarició las tetas con una mano y bajó con la otra hasta la juntura de las piernas, hasta el tajo que se abrió, húmedo y tibio. Tamai se levantó y se sentó en el borde de la cama, le arrancó el vestido y mientras movía los dedos en el interior de la concha, le hizo inclinar la espalda para tironearle los pezones con una mano (…) Y después bajó con la lengua tiesa por la canaleta del culo” (p. 133). En menos de un párrafo irrumpen todos estos sustantivos que no se dejaban leer.

Para los genitales masculinos, en cambio, proliferan los nombres pero, atención, nunca se van a usar aleatoriamente. La novela estaría proponiendo un diccionario propio.

Bulto son los genitales cubiertos por ropa. Aunque no se vean, se dejan adivinar o se palpan. Su desarrollo es una de las marcas que permite notar la transformación del niño en hombre y cada personaje sólo se percibe maduro si puede medirse con un contrincante: “Los pantalones dejaron de flamear desde las caderas a los tobillos, para ceñirse a muslos, trasero y bulto. Un día cada uno tuvo enfrente a un hombre” (p. 228)

Hombría es la estampa de los genitales que los heterosexuales vestidos consiguen frente al espejo o, curiosamente, al rol rezagado que estos personajes ocupan frente a las mujeres en la economía doméstica: “No es que [Elvio] Miranda le sacara plata a escondidas o le pidiera, si no que ella, para que su marido no se resintiera en su hombría, siempre le dejaba algo en los bolsillos, para sus gastos” (p. 78).

Miembro es el nombre que, tal vez focalizando en la esposa, el narrador le otorga al pene del marido. La elección tan aséptica del sustantivo contrasta con la insistencia por animalizar a los personajes expresada en los verbos y las comparaciones: “Él montándola, mordiéndole la nuca, agarrado a sus pechos como a al brida de un caballo. Ella corcoveando, levantando y bajando las ancas para que el miembro de su hombre se enterrara hasta el tronco, mordiendo la almohada para no gritar.” (p. 71)

Novio es el todo por la parte, una sinécdoque que usa el narrador para aproximarse a la percepción de una chica que pierde la virginidad: “En un puño mantuvo agarrada la bombacha y al otro se lo mordió para no gritar cuando lo tuvo todo adentro al novio (p. 24).

Pija es objeto de deseo homosexual y, al mismo tiempo, de desprecio homofóbico: “Si hacía falta, lo iba a obligar a mascar conchas todo el día hasta que se le fuera el berretín de chupar pijas (p. 12).

Pito corresponde a la narración de experiencias infantiles: “Marciano sintió un picor en la vista y se agarró la punta del pito porque sentía que iba a mearse encima. (p. 20)”.

Verga es de los borrachos y tiene más que ver con la escatología que con el erotismo: “En la tercera vuelta se desabrochó la bragueta y empezó a mear, meneando la verga y bautizando a los de abajo (P. 10)”.

Otra estrategia para señalar es, paradójicamente, la omisión. Un espacio en blanco parecería sugerir al pene: “Tibio y suave y dulce como          ” (p.22). Aparece como sujeto tácito, a veces de la cláusula principal, otras de la subordinada, cuando la erección es involuntaria, sorpresiva o hasta robada: “Incluso las noches en que volvía borracho, ella se las arreglaba para que se le pusiera lo suficientemente dura como para sentarse encima.” (p. 76) El borramiento mediante la pronominalización se presenta, por lo general, en los diálogos. “-Despacio, Pájaro. Tomala toda”. En estos casos es frecuente que se apele a marcas deícticas que reponen expresivamente lo que el pronombre oculta: “Así, despacito, guarda con los dientes. Así, nene, así”. (p. 22)

Para contar la concreción del acto homosexual el narrador se aproxima a la percepción de quién cedió a su deseo pero que al recordarlo lo abruma la resaca y el remordimiento. En el escenario del baño público la atracción entre los cuerpos y a su vez el rechazo impreso por los prejuicios y los hedores de la escena provocan la máxima tensión. En este episodio los genitales reciben todos los nombres y uno más: es el único momento en el que se refiere a la chota, sustantivo carga con el desprecio por el otro y al mismo tiempo la identificación con ese otro que se desprecia: “pajeándolo como si la del otro fuese la suya, empujando de atrás con tanta fuerza que parece mismo que la chota que agarra es la propia que ha atravesado al compañero y le sale por el otro lado” (p. 199)

La exhuberancia para nombrar los genitales masculinos hace una réplica de la anatomía del hombre. El pene sobresale, se ve, muta, se nota, se yergue, se endurece, se afloja. Del mismo modo, las palabras que lo nombran se diseminan y se hacen palpables en el cuerpo textual.

El narrador nunca moraliza, sin embargo, al apropiarse de las voces del universo que construye, exhibe y así denuncia la lógica perversa en donde la misoginia, la marginación homosexual y el poder del macho se encuentran naturalizados.

Texto: Silvina Gruppo
Foto y video: Diego Axel Lazcano
Otoño de 2013