El viaje en Los Casquivanos

Published on enero 12th, 2015

Reseña de la novela Los Casquivanos de Nicolás Hochman.

los casquivanos

El lugar está oscuro. Antes de subir, abajo, prometen alegría. Después de un rato de oscuridad, las luces se prenden: estoy dentro de un tren de la alegría. El primero en toparse conmigo es Karl. Me pide disculpas y me cuenta su historia, que es la historia de alguien que lo tuvo todo y lo dejó ir. Me hubiese gustado citarle a Soriano. “¿Por qué si una vez conseguí salir del pozo volví a caer como un estúpido? Porque es tu pozo, porque lo cavaste con tus propias manos”. Pero Karl está lejos y al lado mío se ha sentado una pareja (Cornelius y Berenice). Conversan. La tensión sexual es palpable. Ella se muerde los labios, él mira para otro lado. La histeria, el coqueteo y las excusas. Siempre las excusas.

La música comienza a sonar. El tren ya comenzó su traqueteo y no me había dado cuenta. Aparece un hombre araña drogado, un dinosaurio Barney y el conductor, que debe ser el dueño, maneja y fuma con una sonrisa en la cara. Desde la ventanilla, veo el cortejo fúnebre de un tal Bruno. La fatalidad mostrando su cara menos amable. Pobre Bruno pienso y me corro hacia el fondo de Los Casquivanos. Allí está Sándor. Es casi gordo. Casi que podría odiarlo pero sin embargo aparece la misericordia como un baño de agua helada. Porque Sándor parece lo que no es: un ganador. Y con estos personajes viene la empatía.

De pronto estoy riendo. Desfilan estos personajes extraños dentro de los Casquivanos y estoy riendo. Desde aquí puedo ver el auto de lujo del que bajarán Dariusz y Karin para una traición con forma de orgasmo. Karin no sabe lo que la fatalidad ha tramado para ella. Dariusz no sabe, tampoco, lo que Karin busca en la sombra. Sin embargo, me río porque llegó la hora de babearme con Sarabá. Ella es así, dicen, libre. Karl, Sándor y Cornelius la miran, embelesados, como si estuviesen mirando el fin del mundo. Y lo es. Para ellos, el mundo acaba en Sarabá y veo, claras, algunas formas del amor: la timidez, la renuncia, lo imposible (y el rencor).

El viaje llega a su fin. Quiero fumar y voy hacia adelante, atravesando Los Casquivanos, apenas conteniendo la risa. Me espera Orlando, me convida un Parliament y me suelta una historia tremenda. Una novela entera. Un culebrón. Pero de esos que tiene un final feliz. Feliz, sí, pero no el ideal, no el que Orlando soñó para él. Me dice que baje que el show ya terminó –y yo no sé si la batalla campal entre el hombre araña drogado, Barney, los nenes, los borrachos, fue parte de él o no-. Le doy la mano y me siento en un banco en el que uno de los muñecos que antes bailaba –y repartía piñas-, desquiciado, toma aire, respira, y busca las razonas por las que ponerse un traje noche tras noche, esconderse bajo un caparazón endeble pero efectivo. Allí dentro, no existe nadie.

Los Casquivanos de Nicolás Hochman es una novela coral en la que ningún detalle queda librado al azar. Una noche en el tren de la alegría es la excusa en la que coinciden diez personajes, de un modo u otro, para mostrarnos de qué estamos hechos.  Aparece el miedo en diversas formas; la potencia del futuro siempre aguada por la mezquindad; toda la gama de traiciones está a mano. La virtud de Nicolás Hochman está en jugar todas las cartas con humor y, como diría Kurtz en el Corazón de la Tinieblas, con horror.

Esta es la primera novela de Nicolás Hochman y es un encanto que así sea: nos hemos garantizado –nosotros, los lectores- un autor que sigue los neuróticos pasos del mejor Philip Roth y las aventuras lisérgicas de Vonnegut.

El lugar ya no está oscuro pero la promesa está cumplida. El viaje en Los Casquivanos es una de esas locuras maravillosas, de las que, en apariencia, ya no ocurren.

 Texto: Yair Magrino