El significado inasible

Published on agosto 4th, 2014

Fernando Medina, a partir de una anécdota, reflexiona sobre el arte, los títulos, la traducción y la feliz imperfección que nos permite ser creadores de sentido.

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Una obra de arte es una manera única de ver el mundo. Es una singularidad y una libertad cristalizada. No imagino mayor libertad que la de la obra artística cuando es sincera consigo misma. El artista es un demiurgo de su propio mundo e inventa las leyes que lo rigen a su antojo. Solo hay un patrón: la satisfacción de una íntima, sedienta y misteriosa necesidad de expresión. En un momento determinado el artista considera, enigma insondable del alma, que ya está, que esa necesidad ya fue saciada. Ahora el producto de esa relación ya está en el mundo, es algo nuevo, una particularidad, un punto de vista único, extraño e irrebatible.

Sin embargo, puede suceder que un elemento extraño se entrometa: la mano de otro. El ejemplo más claro es la traducción. ¿La obra traducida es la misma obra o es otra? Para acotar el campo de discusión, me voy a centrar en la naturaleza e importancia de los títulos. Pensemos, por ejemplo, en el título de un cuento cualquiera: “Continuidad de los parques”. ¿No es un centro de poder de significados sugerentes, enriquecedores? ¿No da a la vez una sensación de acabado, de fuerza poética que se explaya, de construcción artística lograda? El cuento no hubiera sido lo que es con otro nombre. En todo caso, propondría otros significados. Lo que no podría concebirse es que una mano externa cambiase este título para, según su opinión de polizón, hacer más accesible el cuento a más personas. Desde donde se lo mire, es un error y una aberración. Es el cercenamiento de una subjetividad, el palo en la rueda de la bicicleta del mensajero. Y eso es lo que sucede en la comercialización del cine extranjero, en la “adaptación” a un público que habla otro idioma. El encargado de traducir los títulos, ¿no los traduce literalmente porque un título más accesible supuestamente vende más? ¿Intenta homogeneizar a un cúmulo de particularidades? En una línea imaginaria, esta característica necesaria de la base misma del capitalismo está en las antípodas de un hecho artístico.

Quiero graficar la importancia que puede tener un título con una anécdota que involucra a una película argentina de hace un par de años: El último Elvis. El actor protagónico no es profesional. De su efectividad, y del trabajo del director como director de actores, dependía toda la película. Desde que empezó a circular el nombre de la película generé una idea en mi mente: se iba a contar la historia del último imitador de Elvis. Una idea solidificada con la que entré al cine y con la que salí. Me gustó la película, pero consideraba que el actor estaba un tanto apagado, que tal vez le faltaba profundidad: si era el último imitador de Elvis, y lo estaba llevando a cabo, debería haber sido un poco más vivaz, hasta más alegre. A las dos semanas me encuentro con un amigo que también la había visto y le comento mi apreciación. Como al pasar dijo: “Pero si el objetivo del personaje es imitar ‘el último Elvis’, está bien que sea así. El último Elvis era así”.

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Ese solo comentario me aclaró un montón de cosas, como si se abriera una puerta y la luz iluminara el salón oscuro en el que estaba, como un efecto dominó al revés, en donde las fichas se van parando en vez de caer. Esa simple interpretación destruyó mi preconcepto, tan firme y soberbio él.  Una leve y persistente autorecriminación me latía en el fondo. Por supuesto, conocía la expresión “el último Elvis”, y hasta he esbozado en alguna mesa de bar la defensa improbable de que esa última etapa de gordura y anfetaminas no era patética. Pero a mi cerebro no se le había ocurrido relacionar el título con la etapa. Ahora mi opinión había cambiado, no por inconsistencia en los gustos sino por despabilamiento. Si el actor que protagoniza la película en cuestión había decidido imitar con precisión obsesiva a Elvis, y más precisamente representarlo en esa etapa final, la caracterización que hace de un imitador del rey del rock sombrío y derrotado es maravillosa.

La interpretación del significado es una instancia que debe atravesar muchos obstáculos para realizarse. Las abstracciones y necesidades caprichosas del emisor, los pruritos, carencias, prejuicios, anclas, taras, preconceptos y equivocaciones del receptor, y la naturaleza inefable del mensaje mismo, entre otras innumerables variables, provocan que ese significado primal sea inasible. Esto, que en apariencia resultaría angustiante, debe entenderse como el momento más placentero, en donde cada integrante del proceso, gracias a toda la imperfección que lleva consigo, es el constructor del significado.

Texto: Fernando Medina