Crónicas de la costa: San Clemente

Published on Agosto 3rd, 2012

Miles de veraneantes llegan al partido de la costa en busca de mar, sol y algo de descanso. Atropellan los espacios, saturan los oídos. Se limpian la arena antes de entrar a la casita alquilada, que no les ofrece ni por asomo el confort de sus casas de otoño, invierno y primavera. Hacen cola  en las heladerías, en los cines, en los restoranes. Llevan mate, gaseosas y cervezas para tomar en la playa, compran  churros y tiran la rueda de los últimos barquillos en extinción. Los pibes, los hijos y sobrinos remontan barriletes autómatas, esos que no requieren ni conocimiento ni esfuerzo ni maña. Por las noches, los turistas se bañan y salen perfumados a la peatonal donde todos se mezclan.

Los días avanzan dejando atrás el verano. El reflujo del mar se traslada a estos miles de extranjeros que hicieron suyo lo ajeno, pero que también, como el mar, se van prometiendo volver. No obstante, alguien siempre queda. Esos que necesitan del turista como del oxigeno pero que, a su vez, los asfixia. Desde San Clemente del Tuyú hasta Costa Esmeralda la gente vive durante el verano camuflada entre los forasteros, pero muy visible el resto del año, cuando nada llena los espacios que los veraneantes desocupan. Sobre esta gente, habitantes permanentes de nuestros lugares de paso, tratan las crónicas que arrancan en estas páginas, y que nos llevarán playa por playa, número a número.

Bienvenidos a San Clemente

Construir, Habitar, Pensar 

«Lleno de méritos, sin embargo poéticamente,
habita el hombre sobre esta tierra».
Friedrich Hölderlin


Lo primero que hice cuando entré a San Clemente fue buscar a los cangrejos. Me habían asegurado que yendo para el lado de Punta Rasha, había cangrejales. Dijeron, además, que era peligroso acercarse caminando porque podía ser tragado por el lodazal. “Te chupa”. Si bien fui tras los cangrejos, el tono con que me habían pasado el dato hacía suponer que en realidad ellos vendrían por mí, y que, de un momento a otro, mi humanidad sería asaltada por los crustáceos. Lo primero que encontré fue tierra firme, o mejor dicho: lo que no encontré fue el lodazal… ni tampoco los cangrejos. Dudé de mi orientación y volví a preguntar. La explicación no fue del todo clara, pero velada detrás del “dobla a la derecha” o “seguí hasta que se termina el camino”, aparecía nítida, de nuevo, la sensación de que era imposible no encontrarlos: un indiscreto “hay que ser boludo para no verlos”. Un vaticinio. No eran importantes los cangrejos, pero resultaron ser un presagio que pateó el tablero de lo esperable: en San Clemente no encontraría lo que fui a buscar. Me propuse recorrer el Partido dela Costapara contar aquellas historias de los que viven durante todo el año en estos lugares de fuerte viento y nueve meses de un mar antisocial. Con el cliché en la cabeza que auguraba el encastre perfecto de sus respuestas en los supuestos, y orientaba la búsqueda hacia el vacío y el abandono que angustia cuando llega el otoño, comencé la recorrida. Al igual que los cangrejos, esos sentimientos que creía evidentes, no los encontré. Pero a diferencia de los crustáceos, los santos clementinos no se escondieron.