Crónicas de la costa: Las Toninas

Published on Marzo 27th, 2013
En la oscuridad del mar

Son cinco, todos terminan en Las Toninas: uno viene desde Portugal, pasa por las Islas Canarias, Senegal, Cabo Verde, Brasil y llega a Las Toninas; otro da vuelta por toda América del Sur y desemboca en Las Toninas; otro viene directamente desde Uruguay; otro de Panamá y otro de Estados Unidos. Hacen distintos caminos, más largos, más directos, pero su destino final es, siempre, Las Toninas. Aunque no es un secreto, pocos los saben. Vienen escondidos debajo del mar, en lo más profundo. Les pregunto a los habitantes de Las Toninas y me confirman que es verdad, que llegan ahí, pero lo dicen con una sonrisa misteriosa, como si ocultaran algo… Suena raro, difícil de creer, y sin embargo es cierto: de distintas partes del mundo llegan a estas playas, escondidos pero enlazando todo, anchísimos cables de fibra óptica que nos conectan a Internet. Las Toninas, ese pueblo perdido en el tiempo, con nombre de delfín y celebraciones anacrónicas, resultó ser una pieza fundamental de nuestra modernidad. Para decirlo con el lugar común que se impone: Nuestra Ventana al Mundo.

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La ventana daba al mar, ahora hay tormenta de arena

El sol está saliendo. Organizo el material de esta crónica con mucho sueño, pero entiendo que si no lo hago ahora, detalles, rostros, guiños, pasarán inexorablemente al olvido. La claridad me molesta, me pone de mal humor. En pocas horas emprendo la vuelta a Buenos Aires y debería acostarme un rato. Sin embargo, voy a ver el amanecer a la playa. Hace años que no lo hago y estoy tan cerca que me obligo. No me apuro, me obedezco pero a desgano. Llego tarde. El sol está terminando de sacar los pies del horizonte. No importa, no tengo tiempo de lamentarme: un grupo de encorvados ancianos que caminan dando pasos lentos, hacia el mar, sin hablarse, me cautiva. No puedo dejar de observar su andar hipnótico, parsimonioso. Son cinco: dos viejos y tres viejas. Los viejos están en bermudas, uno en sandalias, el otro en mocasines marrones. Las viejas, con soleros de estampados florales. La más rubia camina medio paso adelante llevando una caja; no tardo en comprender que es una urna con cenizas. Es la viuda, deduzco. Llegan a la orilla del mar, parece que hablaran pero creo que no es necesario. Las tres viejas se quedan en la orilla; la del medio, que no es la viuda, se toma la muñeca con la otra mano por detrás de la espalda. A su derecha, con los brazos cortos colgando al costado del cuerpo, está la otra que conserva marido. Las dos giran su cabeza a la izquierda para mirar a la de la urna. El viejo de los mocasines marrones se descalza, se acerca a la viuda, toma la urna y, manso, se mete al mar. El de las sandalias también se descalza y, como de compromiso, se moja los pies. El que lleva la urna se detiene cuando el agua le llega a la altura de la cintura y, solemnemente, la abre, la da vuelta y deja que caiga algo que no logro ver porque, en el mismo instante que deberían caer las cenizas al mar, el viento vuela arena y me obliga a cerrar los ojos.

Pavón derecho

“Una profesora se hizo pis encima. Es que de noche, con poca luz, los fantasmas asustan en serio”, asegura Adrián. Los fantasmas son empleados del laberinto que durante el día cortan el pasto, limpian, o venden las entradas. Según Adrián y un cartel, es el laberinto natural más grande de Latinoamérica. A mí no me parece tanto. Los disfrazados se esconden en él y el que encuentra al fantasma blanco gana un kilo de helado y un trofeo. Entran grupos de treinta y cinco personas provistas de linternas, en un promedio de cuatro juegos por noche. “Hay gente que sale y hace la cola para volver a entrar” Y reitera la aclaración: “gana el que encuentra al fantasma blanco, no el que encuentra la salida” Cuando repite lo del fantasma blanco, solo puedo imaginar una sábana con dos agujeros en los ojos, en el final de algún capítulo de Scooby doo.

Adrián Pavón me cuenta detalles del laberinto y de la única radio de Las Toninas, ubicada ahí, en el predio. También me cuenta del vía crucis que hacen todos los años, con uno de los feriantes haciendo de Cristo. Me lo señala. Cuando me acerco y le digo “me dijeron que vos sos Jesús”, me responde “no, Mariano”, haciendo un chiste que no quiere ser gracioso sino clausurar la charla. Me meto en el laberinto. Adrián se vino desde Lanús porque su madre “se puso a salir” con un toninense. “Yo tengo el título en armado y reparación de PC y dos años de ingeniería, dejé todo y me vine. Y acá no hago nada de eso, nada que ver”. Con su mano izquierda acaricia las hojas de la ligustrina y sin mirarme continúa. “Acá me pongo a podar plantitas y a cortar el pasto y me digo: ¿qué hago acá?… no… pero es otra cosa… una tranquilidad…”. La autocomplacencia marca el ritmo del discurso de Adrián y el de sus pasos por el laberinto. “Acá no tengo tiempo de aburrirme”, subraya, y relata lo de aquella vez que se dejó la llave puesta en el auto y que no pasó nada, y desenrolla todo el rollo de la tranquilidad. Me dice que en Las Toninas no hay nada para hacer y que por eso tres veces por semana se va a Santa Teresita a practicar Taekwondo. Y que pueblo chico infierno grande, y que nadie se iba a imaginar que el bicicletero vendía drogas. Y rubrica: “Yo hice cambio de domicilio, a Lanús no vuelvo más”. Encuentro la salida del laberinto.

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De dos en dos

Hay una depiladora brasilera que mientras me hacía el cavado me contó una historia muy densa. Si van a Las Toninas, búsquenla, se casó con un bañero de ahí, el mail de nuestra informante contenía también las coordenadas con un dato erróneo, una calle de diferencia, pero otro dato que salvó la errata: enfrente de la plaza.

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Antes de ir a buscar a la brasilera, pregunté a quienes tenían pinta de lugareños cómo llegar a la casa que nos hospedaba, dónde quedaba el centro, dónde comprar buen asado, dónde había una rotisería. Siempre -pero siempre- las respuestas arrancaban con un “acá las calles van de dos en dos” y seguían ubicándome, en una especie de usted está aquí oral, que continuaban con una escala ascendente o descendente, de dos en dos. La escala que nombraba los números de las calles duraba hasta que el guía paraba a tomar aire. El “dos en dos” de sus calles era algo que si no los enorgullecía, al menos, los distinguía de las otras playas. Una marca identitaria hecha a fuerza de orientar.

Fue así, preguntando y contando las calles, de dos en dos, que llegué a la casa de la depiladora. Estaba por consultar en el negocio de la esquina si ahí al lado vivía una depiladora brasilera, cuando vi que un hombre de pelo medio largo, con un pantalón con el símbolo que representa a los guardavidas, y una panza que objetaba el oficio, entraba en la casa señalada. Una coca de litro y medio, más transpirada que él, asomaba de una bolsa de supermercado. Me le abalancé, al bañero, y le hice la pregunta pendiente ¿acá vive una depiladora brasilera? Se rió. Sentí la urgencia de aclarar: “soy periodista y estoy escribiendo sobre la gente que vive en la costa y me pasaron la… “Es mi mujer -me interrumpió riendo-, pero no vive acá, está viviendo en lo de mi vieja”.

El bañero resultó muy elocuente. Me dijo que sí, que nuestro informante no mentía, que la historia de su mujer era muy “grosa”, pero que la de él también. Me contó que ahora estaban medio peleados y que por eso se había ido (ella) a vivir a lo de su mamá (la de él). “Yo viví gran parte de mi vida acá en Las Toninas, sabés las cosas que te puedo contar. A mí me encontrás en la playa, venite, hasta las seis estoy trabajando, hoy me fui un cacho antes porque juega Huracán y me lo vengo a ver”. Por supuesto que me interesaba lo que el bañero quemero tenía para contarme. Sobre todo por el silencio que sucedió a una de mis preguntas. ¿Y en el invierno, a qué te dedicás?

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