Como en botica, cocó

Published on Julio 23rd, 2012

Un recorrido por la narcótica poesía del tango

“Cuatro kilos de cocaína viajaban a España en libros de tango”, informaba el título de un diario on-line. La noticia contaba que los narcos intentaron pasar la droga, con destino a la península ibérica, escondida en cinco encomiendas que contenían libros sobre tango. Los descubrieron. Es cierto que uno no sabe nada de narcotráfico, y muy poco de escondites secretos, pero no deja de parecer curioso el lugar elegido para el camuflaje. En otro momento, a nadie se le hubiese ocurrido pensar que el 2 x 4 fuese un lugar disimulado para transportar cocaína. Hubo una época en que el maridaje entre el tango y la cocaína, y, en términos más generales, entre el tango y las drogas, no se escondía en los libros, por el contrario, se explicitaba en muchas de sus letras. Claro, era un tiempo en que la cocaína se compraba en la farmacia, en la botica.

 

La mención a las drogas en las letras de rock es algo tan viejo como el rock mismo. En nuestro país, desde La balsa, canción que para muchos marca el inicio del rock nacional (“cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura”), hasta la banda platense El mató a un policía motorizado (“Amigo piedra necesito que me ayudes con mi auto otra vez, para viajar a ese lugar nuevo”), la referencia al consumo de drogas está presente, de manera más explícita o más velada, a la hora de componer una canción. Sin embargo, pocos saben que la droga fue un tópico central en la poética tanguera, así como en el rock, desde su más tierna edad.

En los primeros años del siglo pasado, se compusieron muchas letras de tango que evocan a la droga, la gran mayoría ente 1916 y 1940. La forma en que se consideraba a la droga en el mundo del tango fue variando, algo que se vio reflejado en el juicio que transmitían las letras, en donde la cocó, como se llamaba a la cocaína, pasa de acompañar la cotidianidad de determinados paisajes, a ser causal directa de varios traspiés. En la década del 40 -considerada la época de oro del tango-, la droga pierde ese lugar central en sus historias como consecuencia del avance del prohibicionismo, que desde 1926 empieza a penar su tenencia.

 

Maldito tango

La mañana del 20 de enero del año 2000, en los albores de la violenta presidencia de  De la Rúa, la ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con una peculiar campaña contra el consumo de drogas. Es poco probable que, cuando se le ocurrió el afiche que con fondo negro y gigantes letras blancas expresaba: “Maldita Cocaína”, haya estado en la cabeza del ex secretario de  comunicación, Darío Lopérfido, el conocimiento de que el primer tango que menciona a la cocaína se llama, justamente: Maldito Tango. Habrá sido una casualidad, aunque resulta difícil saberlo, porque son indescifrables los vaivenes sinápticos de alguien que proyectó aquella inefable campaña.

En Maldito Tango (1916), se menciona literalmente a la cocaína. La protagonista, quien cuenta la historia en primera persona, acusa al tango, al baile (“pues al bailar sentí en mi corazón que una dulce ilusión nació”) de ser una destructiva adicción. Sí, culpa al tango y no a la cocaína, en donde en busca de consuelo por un amor contrariado, y como corolario de un devenir que no elude el cabaret, encuentra en la droga un fiel antídoto contra  su pena. Un corrimiento metafórico que le otorga al tango, más precisamente al baile, el rasgo semántico que se le podría (o debería) atribuir a la cocaína; rasgo que, varios años después, el tango se ocupó de concordar, ahí sí, con la droga. Pero a principios de 1900 la cocaína no era el mascarón de proa del discurso que hoy nos habla del flagelo de la droga;  por el contrario, la cocaína no aparece en las letras definida como la adicción, aún no.

La última estrofa de Maldito Tango lleva al extremo esta curiosidad de atribuirle al tango las características de la cocaína, a tal punto que mantendría sentido y no perdería verosimilitud si reemplazamos la palabra tango por cocaína:

Maldito tango  que envenena                                                Maldita cocaína que envenena

con su dulzura cuando suena,                                              con su dulzura cuando suena,

maldito tango que me llena                                                  maldita cocaína que me llena

de tan acerba hiel.                                                                de tan acerba hiel.

Él fue la causa de mi ruina,                                                   Ella fue la causa de mi ruina,

maldito tango que fascina…                                                  maldita cocaína que fascina…

¡Oh tango que mata y domina!                                              ¡Oh cocaína que mata y domina!

¡Maldito sea el tango aquel!                                                  ¡Maldita sea la cocaína aquella!

 

El ex funcionario delarruista, y actual esfumado público, en otro derroche de sagacidad comunicativa, podría haber bautizado esta nueva versión del tango, la modificada, como Maldita cocaína para complementar con un jingle para radio su campaña sushi antidroga, ya que por aquel entonces Lopérfido justificaba los afiches afirmando que “es una manera de comunicar clara, potente y precisa”.

Volviendo al Tango, al Maldito, recién menciona a la cocaína en las últimas estrofas, sin considerarla un problema, o no uno central, pero sí un posible consuelo:

Oyendo aquella melodía                    Como esa música domina

mi alma de pena moría                       con su cadencia que fascina,

y lleno de dolor sentía                        fui entonces a la cocaína

mi corazón sangrar…                          mi consuelo a buscar

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