Beatriz y Aurora

Published on Mayo 6th, 2013

Beatriz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini permite mirar de cerca a la persona y al personaje, y reflexionar sobre el proceso creativo que da lugar a su obra.

Leo a Aurora Venturini y varias veces tengo que levantar los ojos de la página asqueada por sus personajes deformes, fétidos, monstruosos, vejadores y vejados, por el uso impecable de un lenguaje que se refiere con crueldad al sexo, a la idiotez, a la familia y a la muerte. Suspendo la lectura y me quedo pensando cómo lo hace y, además de las pericias puramente literarias, se me ocurre preguntarme cómo será la vida diaria de alguien a quien parece no temblarle el pulso para hablar de un mundo que me horroriza.

Hasta en las contratapas de sus libros se habla de las amistades célebres que ha cultivado y de su alta formación académica. Será que estos datos encienden a los periodistas, porque es lo primero que mencionan, sin embargo no son más que notas coloridas, confirmatorias, incluso, de que su escritura y su repercusión, aunque tardía, no son casuales. De todos modos, cuando tengo que interrumpir la lectura porque el texto de Venturini se me vuelve visceral y revulsivo, no me importan sus grandes amigos ni su biografía, lo que me da curiosidad es el instante en el que una idea corriente y realista se le desmadra hacia algo grotesco, absurdo y terrible.

El documental  Beatriz Portinari. Un documental sobre Aurora Venturini regala la posibilidad de tener a la autora frente a frente. En gran parte del film una cámara fija la capta de cerca y ella, valga la ilusión del cine, me mira. Sus ojos se distraen, supongo, en las cosas que están detrás de cámara, no sé si ahí hay gente, una pared llena de fotos, la nada misma o la puerta del infierno. Entre que Aurora Venturini me mira y se dispersa, llego a verle un rictus en la boca que no distingo si es molestia o diversión. Cuidado que se puede enojar, pienso justo antes de que se ría, y estoy a punto de verle una sonrisa cuando se enoja definitivamente y hace que apaguen la cámara. Ahí hay algo imposible de registrar, hay una ambigüedad que me desespera tanto como en su literatura: ¿qué pensás, Aurora Venturini?

aurora venturini 2

Recuerdo sus ojos cuando levanta ante la cámara la foto de una niña, también recuerdo los ojos de esa niña y no me queda más remedio que creerle que una y otra son la misma. ¿Cuántas historias hay ahí? ¿Cuántas mediaciones? Está el documental donde una anciana cuenta un relato en primera persona; está la foto que se muestra completa y luego se parcializan los detalles y, como si fuera poco, la voz en off de Rosario Bléfari lee un texto que coincide con todo esto, pero focaliza matices no vistos ni dichos aún: el color de los zapatos, los golpes de mamá. ¿Cuántas versiones se pueden hacer de cada recuerdo o de cada idea, Aurora Venturini?

Pasa lo mismo con la historia del padre, se declara la imposibilidad de filmar al respecto porque Venturini le ha inventado a la prensa al menos cinco historias muy distintas que luego no reconoce como ciertas. Cuando parece que se frustra una de las líneas de interés, en realidad se está mostrando la más importante: la que tiene que ver con la creación ficcional. No importa la verdad, no importa el dato cronológico y documentado que sería crucial, justamente, en cualquier otro documental. Acá se trata de documentar la ficción, por eso el seudónimo que se ha otorgado la autora es más importante que el nombre que lleva en los documentos. No es arbitrario, entonces, que esta película se llame más Beatriz Portinari que Aurora Venturini.

A partir de la creación incansable de una infancia se puede fantasear con el motor creativo de Venturini. Pero ella es una anciana. Su vejez, de hecho, me escandaliza más cuando leo sus textos porque me obliga a reconocer que tengo una imagen falseada de los viejos. Que son frágiles, pensaba, que se vuelven inocentes como niños de nuevo, me consolé alguna vez. Sin embargo, la firmeza y la severidad más vigorosas no se extinguen con el paso del tiempo, la genialidad tampoco.

Fernando Krapp y Agustina Massa no se conforman con retratar una vejez. Para abordarla no la dicen, la hacen. Parecería que la usan como un dispositivo de construcción en donde proliferan las posibilidades narrativas. El documental se contagia de la vejez para poder narrarla: tiene sutiles reiteraciones; hace silencios inesperados; presenta vacíos en la cronología similares a los baches que agujerean una memoria senil; para hablar del infierno, el film no se priva del desvarío y trae a colación una disparatada escena de película en blanco y negro; lo cotidiano es ínfimo pero se vuelve perturbador si irrumpe y sobresalta, aunque no sea más que un llamado telefónico equivocado.

Los directores pagan con soltura el costo de la forma narrativa que han usado, hablar desde la vejez implica la inminencia de la muerte, será por eso que los cierres llegan siempre por partida doble. Ella sufre un coma con muerte onírica o ficcionalizada, digna de su Beatriz Portinari, e ineludiblemente algún día tendrá una muerte real, documentada para Aurora Venturini. El film, fiel a su personaje, no se queda atrás y también se permite terminar dos veces.

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                       Texto: Silvina Gruppo
Fotos: Manuel Abramovich

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