Anita

Published on junio 4th, 2015

Existen dos posibilidades: o estamos
solos en el Universo o no lo estamos.
Ambas son igualmente aterradoras.
Arthur C. Clarke

Pablo detestaba a Anita porque no podía comprobar lo que sospechaba desde que la conoció, que Anita era un alien.

Odiaba su nombre porque no era una Ana a secas, una Ana con problemas reales como celulitis, cuentas impagas o el terror de saber que el ser humano es sólo un paréntesis en el medio de dos incógnitas. El nombre Anita evocaba a un ser indefenso, a una mujer de contextura frágil, con una enfermedad crónica a la que había que cuidar porque sí, simplemente porque era portadora de un diminutivo. Pero Anita era mucho más y por eso Pablo decidió enamorarse, sólo para corroborar que detrás de esa aparente debilidad se podía esconder el cerebro maestro capaz de conquistar el universo o un depredador incansable que acribillara a la raza humana.

Una de sus rarezas era su adicción al trabajo. Nadie podía ser un adicto dependiente a la catalogación de libros en una biblioteca de barrio. La habían contratado porque tenía una memoria privilegiada y, al principio, Pablo pensó que tenía cierto grado de autismo (tan callada, rígida, automática), pero cuando le recitó, sin una pausa, el primer capítulo de un libro de química supramolecular, y dijo que era una de sus pasiones, Pablo empezó a sospechar que había algo extraño en Anita.

Antes de hablar Anita cerraba los ojos despacio y parecía que activaba un dispositivo interno que le dictaba qué decir. Empezaba muchas frases con un “Estuve pensando”. Como cuando le decía a Pablo, después de cerrar los ojos, “Estuve pensando que deberíamos mantener relaciones sexuales” y Pablo la miraba y le retrucaba “¿Vos querés decir que querés que te coja, que te recontra garche? ¿Eso querés, Anita?” y articulaba el “Anita” con rabia, con desdén, y ella, con cara de empleada pública sellando formularios de ingresos brutos, cerraba los ojos y le contestaba “Estuve pensando que sí” y se paraba y se sacaba la ropa como quien se pone a limpiar vidrios, o a tirar remedios vencidos, con cierto orden y un hartazgo que no quería que Pablo, el humano, notara. Pablo sentía un poco de vergüenza porque lo excitaba este ritual ascético, donde ella se desnudaba y se acostaba en la cama y abría las piernas y se quedaba mirando el techo sin decir una palabra.

Él creía, cada día con mayor firmeza, que Anita había recibido una misión en su planeta: “Te vas a llamar Anita porque queda tierno, vas a pensar con los ojos cerrados porque queda profundo y vas a ser adicta al trabajo porque queda serio. Cuando te integres, vas a recolectar la mayor cantidad de información para que podamos esclavizar a los humanos.” Era por eso que Pablo aceptaba con fascinación, y algo de desprecio, muchas de las anomalías de Anita como su obsesión con la correspondencia que recibían los vecinos y con el cartero al que espiaba cada vez que llegaba. Anita robaba las cartas, las leía y se las devolvía al cartero. Pablo estaba convencido de que eran mensajes cifrados enviados por los comandantes del Planeta X que ella tenía que procesar y que el cartero tenía que ser uno de ellos, otro alien. Tampoco le decía nada cuando Anita, sin previo aviso, desaparecía por horas o días porque sabía que ella tenía que comunicarse con los suyos, entregarles regularmente informes de las costumbres del terrícola.

Anita x Jose Villamayor 01D

Anita no insultaba. El día que se rebanó un dedo dijo “La república argentina me corté un dedo.” Pablo no podía contener las ganas de reírse fuerte y, después, las ganas de tirarla de un precipicio. En esos momentos se preguntaba si el cazador intergaláctico que se suponía que era Anita no era más que un alienígena que había sido desterrado del Planeta X por imbécil.

Pablo la amaba, pero no podía dejar de detestarla. Cuando fantaseaba con agarrar un cuchillo para abrirla en dos y, finalmente, conocer al extraterrestre la miraba con algo parecido a la admiración y a la náusea y ella, confundida, cerraba los ojos y le decía, con cara de cemento alisado: “Estuve pensando que tenemos que copular” y Pablo se entregaba, con una felicidad imprecisa, al ritual casto, involuntario y siempre trataba de descubrir mecanismos, botones disimulados, compuertas que revelaran que el cuerpo de Anita era sólo un recipiente donde se escondía el verdadero extraterrestre. Ella parecía no desconfiar de sus caricias exploratorias porque Pablo creía que estaba demasiado concentrada recordando las poses, los gemidos que debía hacer en los momentos en los que tenía que hacerlos: oh, uh, sí, mmmm, dios y un ah corto, pero con más energía que los anteriores como para que Pablo notara que había tenido un

orgasmo, en el momento en que se suponía que debía tenerlo. El cuerpo no le vibraba y Pablo temió ser un pésimo amante para el alien y hacer quedar mal a la especie humana.

Con el tiempo las ausencias de Anita se hicieron más frecuentes y Pablo empezó a extrañar la paranoia que le generaba que Anita se le apareciera de la nada, en silencio, y lo mirara como si no lo conociera y le dijera después de cerrar los ojos, “Estuve pensando que tenemos que reproducirnos” y él sintiera odio mezclado con euforia por la elección de las palabras de Anita, porque la posibilidad de tener un híbrido lo llenaba de espanto y felicidad.

Un día Anita desapareció por completo. Pablo estaba orgulloso porque significaba que había vuelto al Planeta X y estaba dándoles el reporte de cómo era vivir con el humano Pablo, un ser excepcional. Ignoró los rumores de los vecinos que decían, maliciosamente, que Anita lo había dejado por el cartero. Pablo los miraba con lástima porque dentro de sus existencias triviales ignoraban la verdad.

Una tarde la vio en el subte con su cara de polígono hexagonal que tanto había extrañado. Cuando se acercó y le dijo “¿Qué hacés acá, Anita?” ella le contestó “No soy Anita”. Pablo dudó, pero insistió “Dale, Anita, no jodas, vamos a casa” y ella, cerró los ojos y le dijo, “No soy Anita, soy Clarita.” Pablo la miró con detenimiento. Era igual a Anita, pero no del todo. Había algo distinto en los ojos, en el pelo. Era más linda, si esa calificación se podía usar para describir a un alien. Pablo pensó “Hay más de uno, empezó la invasión” y sintió una mezcla de terror y dicha. Se sentó al lado, le sonrío y le dijo “Hola Clarita, soy Pablo.”

 

Por Agustina Bazterrica
Agustina nació en Buenos Aires, en 1974. Es Licenciada en Artes (UBA). Ganó el Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires Cuento Inédito 2004/5. Tiene cuentos y poesías publicados en antologías, revistas y diarios. En 2013 publicó su novela “Matar a la niña”, Editorial Textos Intrusos. Coordina el ciclo de lecturas y arte Siga al Conejo Blanco: www.sigaalconejoblanco.com
Más info: www.agustinabazterrica.com

Ilustración: José Villamayor
José es ilustrador y diseñador gráfico recibido en la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo de la UBA. Actualmente es profesor en la materia “Ilustración” de la carrera de Diseño gráfico de la UBA. Trabaja desde hace años como ilustrador profesional, sus clientes incluyen diferentes estudios, productoras audiovisuales, editoriales y publicaciones literarias y culturales. Fue seleccionado para exponer en diferentes lugares del país como la convención de diseño gráfico Trimarchi, la Biblioteca Nacional de Bs.As., el Club Cultural Matienzo, entre otros.
Portfolio: www.behance.net/josefvillamayor