Agua

Published on Marzo 30th, 2015

Remake de una fábula

 

Tiene la cara apoyada en la tierra negra. Siente el olor de los troncos podridos. Está camuflada entre la sombra espesa de la vegetación. La luz del mediodía es agresiva afuera de las plantas. La aletargan el calor y la resaca. Es un alivio el ruido del agua, contrario a la sangre que, imagina, le corre pesada por las venas.

Del otro lado del canal no están dejando nada. Hace unos días vino una lancha llena de tipos y meta machete la fueron pelando. Ya es un cascote desnudo, un desierto miniatura en el medio del delta. Ella se duerme y un tac, tac, tac, la despierta. ¡Pero si es domingo! Un único peón diezma lo poco que queda. ¿Por qué no se lo llevaron a este? Está al rayo del sol, la herramienta parece no pesarle, trabaja fuerte, pero cuando pasa alguna lancha se queda quieto un rato y después ofrece un juego de movimientos rápidos, secos y exagerados que la hacen pensar en un  bailador de flamenco: tan viril y tan afeminado al mismo tiempo. El canal es angosto, desde donde está lo puede mirar con insolencia sin que él la vea: es alto, magro, fibroso, con los músculos tensos por años de trabajo y la piel curtida y brillosa de transpiración.

Escape 2.2

Se muerde los labios  y pretende apagarse de una zambullida. El aplauso que da al caer al río desconcierta al hombre, que gira y busca en la superficie, pero no ve nada. A ella se le alivia de inmediato el dolor de cabeza de ayer, pero las ganas se le agravan por el contacto omnipresente del agua en el cuerpo. Bracea rápido estilo pecho, y en cada impulso de las piernas se va más profunda. El mismo estímulo que la hizo tirarse, ahora la empuja hacia la otra orilla. Él de pronto se encuentra con una mujer que le brota del agua. La tierra cocinada por el verano absorbe lo que ella chorrea. Él cabecea como único pedido de explicaciones y recibe a cambio el mismo cabeceo mudo. La parte blanca de sus ojos no es blanca, en realidad, sino amarillenta, traen sangre diluída, piensa ella y siente un frío por la espalda. Están solos en esa porción del infierno y no son más que animales. Ella mira la bragueta. Él entiende y se le acerca, le olfatea el río en el pelo y se deja oler por ella: el aliento y el sudor la marean, la cautivan. Sin que medien palabras él le llena la boca de lengua. La toca, la nota viscosa y le hace saber que está duro. No es un abrazo, más bien se pechan, se empujan, hasta que terminan en el piso, en una lucha cuerpo a cuerpo. No se desnudan, apenas corren las breves prendas que traían y se abren paso. Ella siente su propia carne rebotar en las embestidas certeras que el tipo le hunde. Terminan rápido, en un aullido de bestias.

No sé nadar, confiesa. Imposible, todos saben nadar, acá no se vive sin agua, dice ella. Pero no, él no se ríe, es del norte, recién llegado, mintió que nadaba para que le dieran el puesto. Lo castigaron dejándolo en la isla. Pensó en tirarse al agua, inútil, sabe que no resistiría los caprichos de la corriente. Trató de armar una balsa, pero ya no hay nada que sirva para flotar.

Ella le propone cruzar el canal con él montado al lomo. Va a ser como llevar una rama, le dice. Una vez en su isla harán otros planes, hasta le podría regalar un bote desvencijado que no va a usar más, ya verán. Ahora hay que cruzar. Él se pone una camiseta sucia y se ata a la cintura el machete. Eso no, dice ella. Esto sí, dice él, es parte mía, no lo puedo dejar. Le mira los ojos amarillentos y el arma. No te voy a lastimar, jura el otro. Acepta y nada despacio, con el tipo que la agarra de los hombros y trata de acompasarle los movimientos. Van por la mitad del canal cuando ella roza el machete con el muslo. Se pone rígida y entiende todo: lo deja pataleando en falso, con agua en los pulmones y se escabulle, se sumerge bien hondo, necesita nadar libre y sola.

Escape 1.1

Texto: Silvina Gruppo
Grabados (Monocopia): Alesia Gervasi